Érase una vez… dos amigos.
Dos amigos que se contaban todo, sus problemas, sus alegrías, su pasado, no había secretos para ellos. Lo más importante de su relación era la ayuda mutua que se prestaban.
Uno le daba fuerzas al otro, lo apoyaba, y el otro le daba la inspiración necesaria para afrontar cada día.
Podría ser una relación perfecta, pero no. Había un gran problema. Ellos se oían, se sentían cerca el uno del otro, pero no podían verse.
Ellos siempre quedaban al atardecer en una playa, larga, tranquila, cómoda, donde durante su paseo se contaban como había sido el día, sus preocupaciones, sus retos, sus planes de futuro… Mutuamente se complementaban, se hacían más fuertes, más valientes, … pero claro, algo les impedía verse.
Era extraño compartir tanto con una persona y no poder verla. La única certeza eran aquellos dos pares de huellas que se marcaban en la orilla en los paseos de cada tarde. Por cada paso, cuatro huellas.
Pasaba el tiempo, y la relación entre ambos era cada vez más fuerte. Pero no podían verse.
Un día, una gran tempestad azotó la vida de uno de los amigos. Grandes problemas le ahogaban. Al llegar la tarde, corrió hasta la playa para encontrar el sosiego en la compañía de su amigo. Los problemas no se le iban de la cabeza, y no encontraba a su amigo.
La vida se le hacia mas y mas pesada. Y decidió caminar por la playa haber si encontraba a su amigo. Pero no lo encontraba. Miraba hacia atrás y solo veía un par de huellas. Por cada paso, solo dos huellas.
Pasaban los días, y no encontraba a su amigo. Cada tarde iba a la playa, pero allí se sentía solo. Pero un día, de repente, vuelve a sentir a su amigo.
Tras la alegría del reencuentro, surgieron los reproches, y le pregunta: “¿Dónde estabas cuando mas te necesitaba?, en la playa solo había un par de huellas, ¿Dónde estabas?”. El amigo le contestó: “Nunca te abandoné, cada tarde cuando venias te cargaba en mis brazos y te llevaba, para hacerte el paseo mas tranquilo. Esas huellas eran las mías. El amor que te tengo ha hecho que sea capaz de verte. Pero tus problemas te han hecho que seas incapaz siquiera de sentirme”.
Y en ese preciso instante ante el amigo despechado apareció una figura, la figura de su compañero se mostraba ante el. Por fin se podían ver. Y juntos se agarraron de la mano y pasearon por la playa ante aquel atardecer.
Dos amigos que se contaban todo, sus problemas, sus alegrías, su pasado, no había secretos para ellos. Lo más importante de su relación era la ayuda mutua que se prestaban.
Uno le daba fuerzas al otro, lo apoyaba, y el otro le daba la inspiración necesaria para afrontar cada día.
Podría ser una relación perfecta, pero no. Había un gran problema. Ellos se oían, se sentían cerca el uno del otro, pero no podían verse.
Ellos siempre quedaban al atardecer en una playa, larga, tranquila, cómoda, donde durante su paseo se contaban como había sido el día, sus preocupaciones, sus retos, sus planes de futuro… Mutuamente se complementaban, se hacían más fuertes, más valientes, … pero claro, algo les impedía verse.
Era extraño compartir tanto con una persona y no poder verla. La única certeza eran aquellos dos pares de huellas que se marcaban en la orilla en los paseos de cada tarde. Por cada paso, cuatro huellas.
Pasaba el tiempo, y la relación entre ambos era cada vez más fuerte. Pero no podían verse.
Un día, una gran tempestad azotó la vida de uno de los amigos. Grandes problemas le ahogaban. Al llegar la tarde, corrió hasta la playa para encontrar el sosiego en la compañía de su amigo. Los problemas no se le iban de la cabeza, y no encontraba a su amigo.
La vida se le hacia mas y mas pesada. Y decidió caminar por la playa haber si encontraba a su amigo. Pero no lo encontraba. Miraba hacia atrás y solo veía un par de huellas. Por cada paso, solo dos huellas.
Pasaban los días, y no encontraba a su amigo. Cada tarde iba a la playa, pero allí se sentía solo. Pero un día, de repente, vuelve a sentir a su amigo.
Tras la alegría del reencuentro, surgieron los reproches, y le pregunta: “¿Dónde estabas cuando mas te necesitaba?, en la playa solo había un par de huellas, ¿Dónde estabas?”. El amigo le contestó: “Nunca te abandoné, cada tarde cuando venias te cargaba en mis brazos y te llevaba, para hacerte el paseo mas tranquilo. Esas huellas eran las mías. El amor que te tengo ha hecho que sea capaz de verte. Pero tus problemas te han hecho que seas incapaz siquiera de sentirme”.
Y en ese preciso instante ante el amigo despechado apareció una figura, la figura de su compañero se mostraba ante el. Por fin se podían ver. Y juntos se agarraron de la mano y pasearon por la playa ante aquel atardecer.
¿continuará?